jueves, 5 de septiembre de 2013

¿Qué hay detrás del mensaje presidencial de Ollanta Humala?

Artículo escrito por Fernando Eguren - LRA 154

Dos cosas destacaron en el mensaje a la nación, del 28 de julio, del presidente Ollanta Humala: primero, la referencia a importantes inversiones presentes y futuras, tanto públicas como privadas, y, segundo, la referencia que estamos al final de un ciclo económico ─ al debilitarse el dinamismo de la economía mundial y la demanda de materias primas ─, y la necesidad de responder diversificando más la economía y desarrollando la industria. 


El discurso es, en su tono, diferente al de Alan García, no sólo por su sequedad –en contraste con la ‘floritura’ de la oratoria alanista- sino porque no expresa la arrogancia de García de calificar como ‘perros del hortelano’ a campesinos, sindicalistas, intelectuales, ecologistas. Humala solamente se limitó a una contabilidad de acciones realizadas. Pero en lo esencial, en el contenido, no hay diferencias notorias, pues ambos se mantienen alineados a las propuestas neoliberales.

Las nuevas inversiones favorecen a los grandes

Es necesario revisar la orientación de las inversiones. En una primera mirada, se puede afirmar que no hay realmente una estrategia que oriente las políticas de inversiones, y más bien se tratarían de iniciativas gubernamentales inconexas. O, por otro lado, propuestas que aparecen inherentemente positivas, como la de la construcción de las vías interoceánicas –tan celebradas por los gobiernos regionales que atraviesa – o la longitudinal de la sierra, no deben excluir la necesidad de analizar qué tipo de economía están reforzando y, por consiguiente, qué tipo de sociedad están contribuyendo a forjar. En síntesis, así como en política no hay casualidades, tampoco hay azar en la orientación de las inversiones.

Una hipótesis que podría ayudar a analizar el sentido político de las inversiones es que tienden a mejorar las condiciones de desarrollo de la gran empresa. Por ejemplo, el objetivo del programa Sierra Exportadora no parece estar dirigido a desarrollar la pequeña y mediana burguesía agraria alrededor de la agroexportación, sino facilitar la intervención de la gran empresa. En muchos casos, los agricultores se han convertido en los proveedores de corporaciones exportadoras, siendo éstas las que organizan los espacios productivos, definen las tecnologías a utilizar y los productos a cultivar, y las que captan la mayor parte de las ganancias. 
Bajo esa lógica, el programa Mi Riego parece consolidar ─en las tierras que se beneficiarán del riego regulado─ a una agricultura de exportación orientada y controlada por la gran inversión, donde los agricultores serranos solamente son proveedores de cosechas. Ello explicaría por qué los proyectos de riego seleccionados por Mi Riego son de mediana envergadura, lo que permitiría economías de escala apropiadas para la exportación.  Uno de los atractivos de la sierra para la gran inversión son los nichos de mercado: alcachofas, ahora arándanos y la quinua. La estrategia de las grandes empresas agroindustriales sería involucrar a la pequeña agricultura, especialmente la ubicada en la sierra que tiene mejores tierras y acceso al agua.

Ello también explicaría por qué no merecen la misma atención del gobierno –y del mensaje presidencial- temas como la capacitación a los agricultores, que incluye la extensión técnica agronómica y ganadera, siendo –como se sabe- que la calificación del capital humano es hoy una de las condiciones para el buen desempeño económico. La educación –de la que la capacitación es una forma particular y especializada- es el mejor medio para democratizar el acceso a oportunidades, y es una condición tanto para un desarrollo económico real como para la constitución de una sociedad democrática. 

El gobierno no mide el impacto de las grandes inversiones

El modelo de modernización agraria, basado en grandes empresas de intenso desarrollo tecnológico y orientadas a la exportación, tiene un impacto territorial importante que no ha sido analizado1. Por un lado, grandes proyectos, como el de Olmos, crearán poblaciones nuevas o expandirán las existentes; en este último caso, éstas serán absorbidas por una población inmigrante atraída por los puestos de trabajo y por pequeñas y medianas inversiones que abastecerán de bienes y servicios tanto a esa población como a las nuevas empresas instaladas. 

Por otro lado, la gran concentración de poder económico en las empresas también causará manifestaciones sociales y políticas en los territorios en donde se encuentran2. La influencia sobre las autoridades municipales provinciales y distritales, y aún sobre los gobiernos regionales, puede reducir la autonomía que tienen para definir políticas en beneficio de su ámbito territorial, con el riesgo que los orienten a los intereses de las grandes empresas. 

En el concepto mismo del diseño de las grandes obras de irrigación puede distinguirse este sesgo pro gran inversión. Así, por lo general, las partes media y baja de las cuencas, en donde se localizan por lo general las grandes empresas agroexportadoras, son beneficiadas con las grandes obras, mientras que en las partes altas, donde están las comunidades campesinas y pequeños agricultores y ganaderos, en nada se benefician y a menudo se perjudican. Este sesgo pro costeño y pro gran inversión de las obras de irrigación es fuente de conflictos constantes.


El reto de diversificar la economía

El actual modelo de capitalismo neoliberal y de gran empresa se ha convertido para una buena parte de la opinión pública, sobre todo urbana, en una suerte de necesidad que responde a una sola racionalidad posible. El paradigma de la ‘economía de libre mercado’, intenta convencer que es el único que puede asegurar un crecimiento económico eficiente y competitivo. 

En este marco, ¿cómo entender el llamado de Humala a la necesidad de diversificar la economía del país y de industrializarlo, dado el posible ocaso de las ventajas del extractivismo? Hay dos comentarios que surgen de inmediato: primero, no se trata de desarrollar las industrias con chimeneas o de maquila, propias del siglo pasado, pues las que producen un mayor valor agregado son aquellas que, precisamente, no botan humo (porque dependen de la microelectrónica, de la física, de la biología, de la nanotecnología). Este tipo de industrialización moderna y tecnológica requiere como condición sine qua non, de un capital humano altamente calificado que no es formado, ni en cantidad ni en calidad suficientes, por el actual sistema educativo peruano, desde la primaria escolar hasta los estudios universitarios de posgrado. Apuntar hacia una educación masiva de calidad es un proyecto de largo plazo, y no hay el menor atisbo de que ello vaya a ocurrir. 

El segundo comentario es que los tratados de libre comercio firmados con países desarrollados de larga historia industrial, tanto de la de chimeneas como de la de conocimientos, promueven una división del trabajo en la que eternizan a los países en desarrollo en su función de proveedores de materias primas o con escaso procesamiento. Por otro lado, la pequeña escala de la economía peruana haría necesaria el establecimiento de alianzas estratégicas con los países de la región para poder desarrollar una capacidad de intervención en la economía mundial en mejores condiciones. Pero las alianzas económicas que se establecen en la región, en los últimos años, están más orientadas a mejorar las condiciones en las que nuestros países aprovechan los mercados de los países desarrollados, que en fortalecer una fuerte economía regional capaz de actuar con peso propio en el mercado global. Sin embargo, el gran reto del Perú y los países de la región es que,  efectivamente, tienen que construir economías de alto valor agregado, que aprovechen como insumos sus recursos naturales, y que sean sostenibles. 

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