miércoles, 10 de septiembre de 2008

Del agro a lo rural y los desafíos de la globalización


Publicado en la revista "Coyuntura. Análisis Económico y Social de Actualidad" (AÑO 4 Nº 19-20 / JULIO-AGOSTO / SETIEMBRE-OCTUBRE 2008)

Fernando Eguren
Presidente del Consejo Directivo del Centro Peruano de Estudios Sociales (Cepes)

El agro en la visión nacional del desarrollo

Luego de un intenso período de reformas agrarias en América del Sur —en las décadas de 1960 y 1970 las hubo en Colombia, Ecuador, Chile, Venezuela y Perú—, algunas moderadas, otras radicales, la cuestión agraria dejó de ocupar los primeros lugares en las agendas políticas. Durante las décadas siguientes, las políticas agrarias dejaron de orientarse hacia el ideal de un desarrollo nacional, en el que cumplían un papel de apoyo al crecimiento del sector manufacturero y a la expansión urbana. Después de todo, las reformas agrarias tuvieron como objetivo no solo aliviar las tensiones sociales rurales, sino ampliar el mercado interno para estimular la producción industrial y la provisión de alimentos destinada a cubrir la creciente demanda de las ciudades.

La modernización rural después de las reformas tuvo como principal impulsor —y aún lo tiene— el mercado internacional. Abandonadas las pretensiones de lograr un desarrollo nacional, el criterio orientador de la agricultura se desligó de toda búsqueda de sinergias con otros sectores de la economía doméstica —como la que hubo en el pasado—, para reducirse a la lógica microeconómica de maximización de las ganancias. Así, los esfuerzos públicos se concentran en crear las condiciones para que un número relativamente pequeño de empresas agrarias aprovechen las ventajas comparativas —suelos, climas y [contra] estaciones— y, en algunos casos, también competitivas, que ofrecen los mercados internacionales, sobre todo los del hemisferio norte.

El mercado, considerado en décadas pasadas como un conjunto de mecanismos e instituciones manipulables para lograr el desarrollo nacional, se convierte en un fin: lo que no triunfa en el mercado —internacional— no merece sobrevivir. Es esta convicción interesada la que impulsó la firma del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos, y que subyace al pensamiento del autor del manifiesto «El síndrome del perro del hortelano».1

Los desafíos de la globalización

Ahora bien, el proceso de globalización ha evidenciado problemas que se fueron incubando a través de los años, y que requieren respuestas que están a contracorriente con este concepto de modernización agraria. El espíritu de la «ley de la selva» es la búsqueda del desmembramiento de las partes más comercialmente apetecibles de las tierras comunales. Casi podríamos decir, de las tierras comunales que se encuentran en las cercanías de las ciudades o en lugares que, con solo algún esfuerzo público adicional, podrían disponer de infraestructura estatal —agua potable, electricidad, seguridad policial y carreteras— o donde, probablemente, haya yacimientos mineros. Esta motivación es embellecida con conocidos argumentos, como que lo que se busca es «liberar» a los campesinos o «sacarlos de la pobreza» mediante inversiones.

A su vez, la crisis energética ha generado una gran demanda internacional —con frecuencia inducida por decisiones políticas de las que no está excluida la acción de lobbies—2 de agrocombustibles —etanol y biodiésel—, lo que, por su lado, también genera problemas: monocultivo en extensas áreas, concentración de la propiedad de la tierra, uso intensivo de insumos químicos, deforestación para ampliar las áreas destinadas a la palma aceitera, desplazamiento de áreas en las que se deberían cultivar alimentos. Podrá el lector apreciar que esta relación de temas y problemas, que son los que ocupan la agenda internacional, confluye en los espacios rurales. A diferencia de las décadas de 1960 y 1970, en las que el problema agrario se resumía prácticamente en la superación de la polarización latifundio-minifundio y en la ampliación del mercado de manufacturas hacia los espacios rurales, actualmente los espacios rurales constituyen el locus en el que convergen los grandes desafíos de la globalización.

La disputa por los recursos

A los ya mencionados problemas, agreguemos dos más. Por un lado, el rápido crecimiento económico de varios países en desarrollo, sobre todo de los más poblados del planeta, China e India —entre ambos suman aproximadamente 38% de la población mundial—, ha incrementado la demanda por una variedad de recursos, entre ellos los mineros y energéticos. Como resultado, hay una competencia mundial entre grandes empresas y entidades de inversiones por acceder y explotar dichos recursos, para lo cual necesitan controlar los territorios debajo de los cuales estos se encuentran. En el caso del Perú, la mayor parte de dichos territorios pertenece a comunidades campesinas y poblaciones nativas. El sesgo de las políticas oficiales en el país ha sido sistemáticamente favorable a las primeras en detrimento de las segundas. Los decretos legislativos promulgados el mes de junio, que desconocen acuerdos internacionales vinculantes, particularmente el Convenio 169 de la OIT,3 no solo confirman sino acentúan este sesgo. Una muestra de esta situación es la reciente movilización de la población nativa —en pleno desarrollo mientras escribimos este artículo— en diferentes espacios de los departamentos de Amazonas, Loreto y Cusco, en contra de lo que considera la violación de sus derechos sobre los recursos naturales que constituyen su hábitat ancestral.

Por otro lado, el modelo de modernización de la agricultura peruana reposa sobre la gran agricultura de exportación, estimulada por un marco normativo favorable y por el acceso a recursos financieros, conocimiento técnico e información de mercados que le permite aprovechar las propicias condiciones naturales del país, particularmente de la costa. La mediana agricultura tiene dificultades para acceder a dichos recursos, mientras que la pequeña agricultura está en una posición de clara desventaja. Todo ello conduce a que en las zonas más dinámicas de la costa, empresas e inversionistas ejerzan una creciente presión sobre las tierras de los pequeños agricultores, revalorizadas por las perspectivas del incremento de la agricultura de exportación.

Como resultado de estas dos tendencias, en al agro peruano se va acentuando la concentración del control sobre la tierra, a lo que se suma la política de transferir a grandes inversionistas las nuevas tierras ganadas por obras de irrigación financiadas con recursos públicos, y la conformación o ampliación de enormes empresas para la producción de insumos —particularmente caña de azúcar y palma aceitera— para agrocombustibles. Aunque es obvio que no puede descartarse la necesidad de invertir en los espacios rurales, es difícil pensar en un modelo de crecimiento más inequitativo y excluyente, que conduce a una concentración de los ingresos y a la profundización de las injusticias sociales. Este es el marco que explica buena parte de los conflictos sociales y la baja estima de la población del interior del país por el gobierno y, en general, por las instituciones políticas, tal como lo expresan repetidamente las encuestas de opinión. Queda claro que todos los programas compensatorios —Juntos, el Fondo de Cooperación para el Desarrollo Social (Foncodes) y cualquier otro que se nos pueda ocurrir— son, si no inapropiados, claramente insuficientes para contrarrestar una desigualdad constantemente alimentada por la propia estructura de propiedad de los recursos y medios de producción, así como por las leyes y normas que la refuerzan. Las políticas redistributivas pueden aliviar esta desigualdad pero no resolverla, pues está anclada en la misma forma en que se organiza la economía y en las concepciones que los «decisores de políticas» tienen sobre el desarrollo económico. La confluencia de propósitos e intereses entre el poder económico y el poder político en este segundo gobierno del APRA es casi completa.

Pero resulta que con relación a estos procesos —que, como ya lo mencionamos, están vinculados directa o indirectamente a la globalización y tienen su locus principal en los espacios rurales—, surgen planteamientos y respuestas que resultan contrarios a los que se implementan en el Perú. Planteamientos y respuestas que no provienen de grupos «contestatarios» sino, como veremos, de instituciones intergubernamentales —entre ellas el Banco Mundial y la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO)— que cumplieron, en un pasado no lejano, un activo papel en difundir, cuando no forzar, la adopción de políticas neoliberales.

La revalorización de la pequeña agricultura

El último Informe anual del Banco Mundial está íntegramente dedicado a la agricultura, lo que no ocurría desde 1982. En él se subraya la importancia de la pequeña agricultura para enfrentar la pobreza rural, garantizar la seguridad alimentaria y defender el medio ambiente:

«En los países urbanizados, que comprenden casi toda América Latina y gran parte de Europa y Asia central —leemos en el informe— la agricultura puede ayudar a reducir la pobreza rural que aún persiste, si los pequeños agricultores se convierten en proveedores de los mercados modernos de alimentos, si se generan buenos empleos en la agricultura y la agroindustria y se introducen mercados para los servicios ambientales». Pero para que ello ocurra, «hace falta la mano visible del Estado en la tarea de brindar servicios públicos esenciales, mejorar el clima para la inversión, regular la ordenación de los recursos naturales y garantizar la obtención de resultados sociales deseables».

En el caso específico del Perú, ninguna de las inversiones de origen privado en la agricultura moderna se destina a proveer alimentos a la población nacional, sino que está íntegramente orientada a la exportación, y solo la producción marginal que no califica para los mercados externos se queda en el país. La otra gran inversión privada en marcha es la destinada a los agrocombustibles: el área prevista para la producción de caña de azúcar para etanol y de palma aceitera para biodiésel es, por lo menos, similar al área total dedicada hoy día a cultivos de exportación no tradicional. En contraste, el íntegro de la producción agraria destinada a alimentar a la población peruana proviene de medianos y, sobre todo, pequeños agricultores. Es hacia este sector mayoritario de productores hacia donde «la mano visible del Estado» debería orientarse.

El apoyo a la pequeña agricultura es también la manera más eficaz de combatir la pobreza rural que, como se sabe, en el Perú aqueja a cerca de las tres cuartas partes de la población rural. Con referencia a este punto, afirma el Informe que «más del 80% de la disminución de la pobreza rural [en el mundo] puede atribuirse a que las condiciones en las zonas rurales han mejorado, y no a que los pobres han abandonado esas áreas. En consecuencia, y a pesar de la impresión general, la migración a las ciudades no ha sido el principal instrumento para la reducción de la pobreza en las zonas rurales (y en el mundo)». En el caso de América Latina, se calcula que el crecimiento total originado en la agricultura fue 2,7 veces más eficaz en reducir la pobreza que el crecimiento generado en otros ámbitos. En síntesis, la intervención de la «mano visible del Estado» en apoyo a la pequeña agricultura es un medio eficaz para hacer retroceder la pobreza rural.4

Para que haya un crecimiento del agro orientado a enfrentar la pobreza y a mejorar la seguridad alimentaria, entre otras cosas es «necesario mejorar la disponibilidad de activos de los pobres de las zonas rurales», pues estos se pueden ver contrarrestados «por el crecimiento de la población, la degradación ambiental, la expropiación que realizan los intereses dominantes y el favoritismo social en las políticas y en la asignación de bienes públicos».5

A diferencia de las dos primeras amenazas, que son procesos complejos que llevan una gran inercia, las dos últimas son rasgos que caracterizan la alianza económico-política a la que hemos hecho referencia. Si la pequeña agricultura es esencial para combatir la pobreza, también lo es para mantener la biodiversidad. Según la FAO, «la pequeña agricultura es el principal agente guardián de la biodiversidad y su tarea es asegurar la conservación y la utilización sostenible de los recursos naturales y el entorno productivo».6

También lo es para enfrentar la amenaza del hambre y los efectos adversos del cambio climático y de la bioenergía, como se ha reconocido en la Conferencia Mundial convocada por la FAO en junio pasado para que los gobiernos tomen acuerdos sobre esos temas. En la Declaración Final se lee: Instamos a los gobiernos a asignar una prioridad apropiada a los sectores agrícola, forestal y pesquero con el fin de crear oportunidades que permitan a los agricultores y pescadores en pequeña escala del mundo, entre ellos los pueblos indígenas y en particular en zonas vulnerables, la participación y la obtención de beneficios de los mecanismos financieros y flujos de inversión destinados a prestar apoyo ante la adaptación, la mitigación y el desarrollo, transferencia y difusión de tecnología en relación con el cambio climático.7

El gobierno y los compromisos internacionales

El gobierno peruano firmó esta declaración, como tantos otros documentos internacionales que protegen a los sectores sociales más vulnerables y al medio ambiente. Algunos de ellos constituyen un compromiso moral; otros son acuerdos vinculantes, como la ya mencionada Convención 169 de la OIT. Pero la práctica está demostrando que ni el compromiso moral ni los acuerdos que son leyes son suficientes para que el Estado limite y encauce los intereses de los grandes inversionistas con el fin de que sean compatibles con un desarrollo socioeconómicamente inclusivo, equitativo y sostenible del país. Cabe mencionar que, en mucho, la responsabilidad también alcanza a los gobiernos regionales. Queda abierta la pregunta de si los temores expresados por los organismos internacionales sobre, por un lado, las condiciones ambientales y, por otro, la persistencia de la pobreza —agravada por la elevación de los precios de los alimentos— son suficientes para cambiar su propio comportamiento y para influir en los gobiernos —en particular en el nuestro— para que reorienten sus políticas dirigidas a los espacios rurales. En el pasado, esos organismos influyeron decisivamente en imponer las políticas neoliberales que agravaron los problemas mencionados al inicio. Un mínimo acto de contrición debería llevarlos a que hoy ejerzan su influencia para que los gobiernos redefinan esas políticas.


1 Artículo publicado por el presidente Alan García en El Comercio, 28 de octubre de 2007.
2 Véase, entre otras muchas publicaciones, Runge, C. Ford, y Benjamin Senauer. «How Biofuels Could Starve the Poor». Foreign Affairs, mayo-junio de 2007.
3 Véase el texto en <http://www.ilo.org/public/spanish/region/ampro/lima/publ/conv-169/convenio.shtml>.
4 Obra citada, p. 5. fileadmin/user_upload/foodclimate/HLCdocs/declaration-S.pdf>.
5 Obra citada, p. 7.
6 «La pequeña agricultura al rescate de la biodiversidad». Disponible en <http://www.fao.org/regional/LAmerica/dma/dma2004/jimenez.htm>.
7 Declaración de la Conferencia de Alto Nivel sobre la Seguridad Alimentaria Mundial: Los Desafíos del Cambio Climático y la Bioenergía. Roma, junio de 2008. Disponible en <http://www.fao.org/


Publicado en la revista "Coyuntura. Análisis Económico y Social de Actualidad" (AÑO 4 Nº 19-20 / JULIO-AGOSTO / SETIEMBRE-OCTUBRE 2008)


miércoles, 23 de julio de 2008

Perú ¿país agrario?


Fernando Eguren (CEPES) y Fernando Cillóniz - INFORM@CCION debaten sobre la actual situación del sector agropecuario de Perú.

sábado, 12 de abril de 2008

¿Soberanía alimentaria o seguridad alimentaria?


Hay un debate que tiene como centro determinar cuál es la opción que deben adoptar los países con relación a la alimentación: seguridad alimentaria o soberanía alimentaria. Ambos conceptos tienen en común el objetivo de lograr que toda la población de un país esté bien nutrida, para lo cual debe poder acceder en todo momento a los alimentos necesarios. Pero discrepan en el cómo. El primer concepto[1] no implica necesariamente un apoyo a la producción doméstica de alimentos, pues estos podrían ser importados, y se lograría la seguridad alimentaria si es que todos pueden acceder a ellos. En principio, pues, y siguiendo la teoría de las ventajas comparativas, un país podría tener y exportar recursos de los que dispone abundantemente (ej.: petróleo u otro recurso natural) y a cambio importaría todos los alimentos que necesita, sin necesidad de producirlos. El mercado es aquí el que manda (¡y los acuerdos comerciales internacionales!).

El segundo reclama, sobre todo, el derecho de los estados de definir con autonomía su política alimentaria y agraria; en segundo lugar, la necesidad de asegurar la satisfacción de la demanda de alimentos interna con producción nacional; en tercer lugar, el papel protagónico de los campesinos en la producción de alimentos. Puesto que esta es una propuesta que va a contracorriente de los acuerdos comerciales en boga, y es promovida por Vía Campesina, considerada como una organización muy radical para los tiempos, la propuesta de soberanía alimentaria es rechazada más o menos veladamente por las organizaciones intergubernamentales, las organizaciones financieras multilaterales, y la mayor parte de los gobiernos.

Sin embargo, las formas específicas que va adoptando el proceso de globalización y sus consecuencias sobre la alimentación, sobre todo de los sectores más pobres, están dando argumentos sólidos a favor de la soberanía alimentaria. La apertura internacional de los mercados y los acuerdos bi y multilaterales restringen severamente las opciones de los gobiernos para definir políticas orientadas a proteger a sus ciudadanos de amenazas que afectan la seguridad alimentaria. Por el contrario, quienes levantan la necesidad de la soberanía alimentaria apuntan a la necesidad de que los países ejerzan su derecho “a definir con autonomía su política alimentaria y agraria”. En efecto, lo que está ocurriendo actualmente es que:

Los precios internacionales de los alimentos están subiendo y empujan hacia arriba los precios nacionales. Se perjudican los países pobres y, dentro de ellos, los sectores poblacionales de menores ingresos.
Los incentivos económicos para la producción de biocombustibles están presionando el uso de la tierra para cultivos orientados a esta industria, en vez de destinarla para la producción de alimentos.

Estimulada por la elevación de los precios internacionales de los productos agrícolas, la apertura de los mercados agrarios permite las compras de tierras agrícolas a escala global por entidades financieras con fines especulativos. Según la agencia Reuters (13/03/08), “los bancos de inversión y los fondos de cobertura (hedge funds) están barriendo grandes áreas de tierra agrícola en el mundo”.

La agricultura basada en el petróleo (úrea, combustible para motores y para transportar productos agrícolas a grandes distancias, etc.) es cada vez más cara e ineficiente (en términos de balance energético), debe ser reemplazada paulatinamente por una agricultura basada en fuentes de energía renovable, y por un acercamiento de la producción al consumo (reemplazo de importaciones por producción doméstica)[2], punto este último defendido por los partidarios de la soberanía alimentaria.

Para contrarrestar estas cuatro tendencias es necesario que los gobiernos tengan mayor autono­mía para definir sus políticas agrarias y alimentarias, que la producción doméstica esté en la ca­pacidad de proveer lo sustancial de las necesidades alimentarias de toda la población y que, por ende, se apoyen a los pequeños y medianos productores agrarios, que son los principales pro­veedores de alimentos del país. Esto no significa autarquía ni aislamientos de los mercados, sino gestión de los mercados en función de los intereses nacionales (de toda la población). Es casi lo mismo que han hecho los europeos en los últimos sesenta años.

[1] Según la FAO “existe seguridad alimentaria cuando todas las personas tienen en todo momento acceso físico y económico a suficientes alimentos inocuos y nutritivos para satisfacer sus necesidades nutricionales y sus preferencias alimentarias a fin de llevar una vida activa y sana”. Ver http://www.rlc.fao.org/prior/segalim/

[2] Ver John Earls, La agricultura andina ante una globalización en desplome. PUCP/CISEPA. Lima, 2007.

martes, 18 de marzo de 2008

Tema agrario hoy en el mundo

Después de veinticinco años, el Banco Mundial dedica su informe anual a la agricultura¹ . Una de las razones de esta renovada, aunque tardía, atención al tema agrario es una doble constatación, en apariencia contrapuesta: que a pesar de varios años de crecimiento económico, persiste la pobreza rural, pero que al mismo tiempo el desarrollo agrario es un poderoso instrumento para derrotarla. 

martes, 19 de febrero de 2008

¿Por qué un paro agrario?


Un número importante de agricultores acataron el paro agrario apoyado por Conveagro y la Junta Nacional de Usuarios. ¿Por qué un paro?

Las exportaciones agrarias baten record año tras año. En el 2000 sumaban 779 millones de dóla­res, en el 2006 llegaron a 2066 millones de dó­lares. En la costa, son alrededor de cien mil hec­táreas las dedicadas a la exportación de los lla­mados cultivos ‘no tradicionales’. La produc­ción aquí está organizada en grandes y medianas empresas. El principal cultivo de exportación ‘tradicional’ es el café, que cubre alrededor de 300 mil hectáreas, la mayor parte en la selva alta. En este caso la producción es de pequeños agricultores.

Por otro lado, los precios de muchos productos agrícolas han subido, en principio beneficiando a decenas de miles de agricultores maiceros, algodoneros y arroceros. ¿Por qué parar, entonces?

En primer lugar, la agricultura de exportación costeña, con toda su importancia, no supera el 13% del área cultivada de esa región, y un porcentaje mucho menor de productores. Según el censo agropecuario de 1994, en la costa hay más de doscientos mil pequeños agricultores y minifundistas; menos de 1500 estaban involu­crados en la producción del cultivo estrella de exportación, el espárrago, con el 18.8% del área.[1] Las empresas agroexportadoras mayores de 50 has no llegan al millar. En esta aventura expor­tadora, la pequeña agricultura está prácticamen­te excluida. No es de extrañar que un alto por­centaje de pequeños agricultores sientan males­tar por este hecho. Es sabido que los problemas sociales se manifiestan sobre todo cuando existen grandes desigualdades.

En segundo lugar, no necesariamente los buenos precios de los productos agrícolas benefician a los pequeños agricultores por al menos dos razones. Los costos de producción han aumentado por la elevación de los precios de los insumos. Por otro lado, existen oligopsonios en varios productos que imponen precios.

En tercer lugar, en muchos valles de la costa existe un elevado porcentaje de jóvenes desem­pleados, o muchos de ellos – decenas de miles – son trabajadores eventuales de las modernas empresas agroexportadoras, con bajos salarios y malas condiciones laborales.

En la sierra los motivos de queja justificada son aún mayores. La región como tal, que alberga a la mayor parte de campesinos del país, tiene importantes déficits de bienes públicos: mal comunicada, con deficientes servicios de educa­ción y salud, culturalmente subvaluada, sin acceso a servicios necesarios para la pro­duc­ción. Irritada, además, por sucesivos incumpli­mientos de promesas del gobierno, siendo el último caso la frustración, en Ayacucho, del proceso de concertación iniciado hace siete meses a partir de la Marcha de los Waris en Julio del 2007.

Lamentablemente la respuesta estándar del go­bierno – en general, de los gobiernos - a los paros agrarios es triple. Por un lado, afirman que no hay razón para parar pues los temas que motivan el conflicto ya están siendo negociados con las organizaciones agrarias y que están en curso de solución; por otro, que los problemas del agro tienen muchos años incubándose, y que no pueden ser resueltos por el gobierno de la noche a la mañana. Finalmente, acusan a las organizaciones de actuar por motivaciones polí­ticas, y denuncian a los ciudadanos que pro­testan como ‘agitadores’, ‘desadaptados’ y ‘de­lincuentes’, y son amenazados con el encar­celamiento por impedir la libre circulación de vehículos y personas.

Las dirigencias agrarias nacionales han cumpli­do un papel confuso que muchos considerarán de oportunista, sobre todo visto desde las provincias. No se sabe bien qué negociaron y qué no nego­ciaron con el ministro de Agricultura. Es obvio que los mecanis­mos de comunicación de arriba abajo, pero también de abajo arriba, no están funcionando adecuada­mente. Es dudoso concluir que estas dirigencias se hayan fortalecido con la moviliza­ción de las bases.

Parece evidente que el gobierno no está dis­puesto a flexibilizar los lineamientos expuestos en el manifiesto presidencial “El síntoma del perro del hortelano”, publicado en octubre del año pasado, en los que la pequeña producción no tiene cabida frente a la gran inversión y la gran empresa orientada a la exportación.

En el fondo, el paro agrario es una protesta contra esa política. Es también un alerta a la capacidad de las organizaciones agrarias para defender eficazmente las reivindicaciones de sus bases.


[1] Censo Esparraguero 1998

miércoles, 23 de enero de 2008

El problema étnico: esperanza y riesgo

Con preocupación, el diario El Comercio alerta, en su edición del domingo 13 de enero, sobre el hecho de que las demandas constantes de la población del departamento de Puno por mayor atención del Estado están adoptando “un contenido étnico”.

Recordemos que Puno ha ocupado las primeras planas de los diarios cuando hubo el linchamiento del alcalde de Ilave. Varios comentaron, en un sentido crítico, que este era un comportamiento propio de la cultura aymara.

Lamentablemente los linchamientos también ocurren en otras partes del país que no tienen población aymara, incluyendo la ciudad de Lima, por lo que esa explicación, no exenta de racismo, carece de todo sustento. También Puno ha llamado la atención por otros hechos amplificados por la prensa, como la multiplicación de las casas ALBA y el decidido apoyo del presidente regional al presidente venezolano Hugo Chávez.

A diferencia de Bolivia y Ecuador, el tema de la pluralidad de culturas y etnias apenas merece más atención en el Perú que la que le prestan algunos antropólogos y filósofos. No ha logrado motivar la generación de movimientos sociales, como ha ocurrido en los países mencionados, ni ha llamado la atención de la opinión pública. A este respecto, como al que tiene que ver con el evidente racismo de origen colonial, nuestro país tiene una posición: la del avestruz.

La reivindicación étnica puede tener muchos contenidos. El más obviamente legítimo es el que reclama el reconocimiento de su particularidad y la igualdad de derechos en una sociedad en donde constituyen, los grupos étnicos, minoría pobre y marginada. Es por demás evidente que en el Perú existe una inaceptable segregación étnica. Baste mencionar el hecho que los millones de peruanos y peruanas que no tienen como lengua materna el castellano están en una situación de inferioridad con relación al resto de la población en las diferentes dimensiones de la vida. En el Perú el ser quechua o aymara, sobretodo, pero también poblador nativo amazónico, es cargar con un estigma.

Las poblaciones de etnias minoritarias generalmente son predominantemente rurales, lo cual significa una doble segregación, dada la escasa atención del Estado y del sector privado por las áreas rurales, sobre todo en la sierra y selva.

No es de extrañar, pues, que aymaras, quechuas y amazónicos acudan a fortalecer una identidad étnica para lograr articular a quienes se sientan como parte de una colectividad, y aumentar así su capacidad de presión para acceder a derechos y recursos que les son negados, incluyendo el reconocimiento a su propia dignidad.

Existe el riesgo, es cierto, que la orientación del movimiento étnico desemboque en el racismo y la demagogia, como lo es, en Bolivia, la parte minoritaria pero influyente del movimiento aymara conducida por Felipe Quispe, llamado El Mallku.. Este riesgo, sin embargo, no debe ser un argumento para desconocer la justicia de la reivindicación étnica, y menos aún para desconocer que la principal causa de las reivindicaciones más extremas es el desprecio hacia esos sectores de la población, compartido por los gobiernos de turno y la mayor parte de las clases política y empresarial.

En buena medida depende de los cambios de actitudes de estos sectores y del diseño y aplicación de políticas públicas que sean, al mismo tiempo, incluyentes y respetuosas de las diferencias culturales, el que el movimiento étnico contribuya a la construcción de un país al mismo tiempo único y diverso, al fortalecimiento de la democracia y a un desarrollo económico más equitativo y descentralizado

lunes, 10 de diciembre de 2007

A propósito del «síndrome del perro del hortelano» Un presidente para el siglo XIX


«... hay muchos recursos sin uso que no son transables, que no reciben inversión y que no generan trabajo. Y todo ello por el tabú de ideologías superadas, por ociosidad, por indolencia o por la ley del perro del hortelano, que reza: «Si no lo hago yo, que no lo haga nadie»». Alan García Pérez, presidente del Perú

El artículo del presidente Alan García, publicado en El Comercio el 28 de octubre («El síndrome del perro del hortelano»), ha suscitado encendidos comentarios a favor y en contra. Su principal mérito es que contribuye a promover una discusión —prácticamente ausente en los últimos años— sobre modelos de desarrollo socioeconómico. En lo que sigue, subrayaremos algunas de sus afirmaciones, que nos parecen importantes dada la condición del autor.

El Perú es un mendigo sentado en un banco de oro
El presidente García suscribe de manera implícita la metáfora atribuida erróneamente a Raimondi: que el Perú es un mendigo sentado sobre un banco de oro. El banco de oro viene a ser la suma de los muchos, variados e importantes recursos naturales que el país posee: las maderas de la Amazonía, la tierra, los recursos minerales, el gas, el petróleo, el mar. El mendigo —que oficia de «perro del hortelano »— representa un mundo heterogéneo compuesto, en la relación presidencial, de minifundistas, comunidades campesinas, poblaciones nativas, pescadores artesanales, trabajadores que exigen derechos laborales y ciudadanos que aún adscriben a «ideologías superadas» (los «anticapitalistas», precisa); en suma, de ociosos, indolentes e indigentes.

Es difícil precisar cuántos ciudadanos están incluidos en esta impresionante relación, pero con toda seguridad supera largamente al número de peruanos que votaron por el presidente García. Para aprovechar el oro —discurre el razonamiento presidencial— hay que desbancar al mendigo. ¿Cómo? Cambiando las reglas del juego para sentar en el banco de oro a los grandes inversionistas. Si son transnacionales, mejor, pues son las que traen la tecnología.

Es así que cobran pleno sentido proyectos de ley como el que otorga poderes especiales a la Cofopri para reconocer y desconocer derechos de propiedad sobre la tierra durante cuatro años, y como el que declara de necesidad pública los intereses particulares de veinte empresas extractivas, con el fin de sortear los derechos de propiedad consagrados por la Constitución, que favorecen también a comuneros, pueblos nativos y otros ciudadanos representados por el mendigo en la metáfora.

La fuente de la riquezaLa segunda afirmación presidencial es que la riqueza del Perú reside sobre todo en sus recursos naturales y no principalmente en la capacidad transformadora de sus ciudadanos. El mundo ha llegado hace tiempo a la conclusión de que el conocimiento es el real creador de riqueza y el capital humano su principal factor, y sobre ellos se sustenta la competitividad. Por eso se habla hoy de la «sociedad del conocimiento». El presidente se retrotrae siglos atrás para considerar que la materia inerte extraída y con escaso valor agregado es la verdadera riqueza. No sorprende, entonces, el disminuido valor que su gobierno —y, justo es decirlo, también los gobiernos anteriores— da a la educación, forjadora principal del capital humano. Sabemos que la educación peruana, sobre todo la pública, es una de las peores en el mundo. En estas condiciones, el Perú no podrá ser competitivo, pues en mucho es simplemente un perceptor de rentas. En contraste, los conocimientos acumulados de campesinos y pueblos nativos sobre las complejas realidades en las que habitan y sobreviven, son ignorados y hasta despreciados por el mundo oficial.

LRA no está contra la gran inversión. Más aún, considera que en muchos casos es indispensable para la adecuada explotación de los recursos naturales, entre ellos los minerales, el petróleo y el gas. Pero, al mismo tiempo, no confunde el fin con los medios, es decir, el mejoramiento sostenible de la calidad de vida del conjunto de la población del país (el fin), con los diferentes tipos de inversión (los medios). Como sosteníamos en el editorial de LRA 87, del mes de setiembre, con respecto a la minería («¿Minería es desarrollo?»): «No existe […] una relación mecánica entre tener y explotar recursos naturales, sean estos mineros u otros, y generar desarrollo»; «es necesario redefinir el papel que [las actividades extractivas] deben tener en el desarrollo local y regional […], no en cumplimiento de una “responsabilidad social” de la empresa —término que suele ser un eufemismo de “relaciones públicas” y que depende enteramente de la voluntad de la empresa—, sino como una función esencial de esa actividad económica. Esta función debería quedar explícita en los contratos».

Lo moderno es lo sostenibleLa tercera afirmación se deriva de la confusión presidencial entre lo que es la tecnología de punta —la que supuestamente trae la gran inversión extranjera— y la manera moderna de explotar adecuadamente los recursos naturales. Gran parte de la tecnología de punta actual de las empresas mineras y petroleras corresponde todavía a un paradigma de la revolución industrial de hace más de doscientos años, en la que la relación con la naturaleza se basaba en «extraer sin reponer». Se constata hoy que las consecuencias acumuladas de este paradigma son terribles: desaparición de especies biológicas, contaminación de las aguas y los suelos, calentamiento progresivo del planeta. Hoy, lo moderno requiere todo lo contrario: es la búsqueda de un desarrollo que asegure la sostenibilidad de los recursos.

Los anticapitalistasEn esta sostenibilidad se está jugando el futuro de la humanidad, como lo acaba de confirmar el 17 de noviembre, en Valencia, el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), en su XXVII sesión plenaria. El secretario general de las NN.UU., en su alocución final, subrayó que el cambio climático afectará más a los países en vías de desarrollo. «La desglaciación desencadenará inundaciones y conducirá a reducir la disponibilidad de agua en Asia meridional y en Sudamérica ». Y «si las proyecciones más severas del IPCC se revelan ciertas, gran parte de la Amazonía se transformará en llanuras sin vegetación arbórea», advierte.

Estas deberían ser preocupaciones centrales del Perú y de su presidente. Pero García sostiene que hay una corriente anticapitalista transecular que cambia de piel según las épocas: comunistas en el siglo XIX (¡se supone que gobernaron en el siglo XX!), proteccionistas en el siglo XX (¡Gran Bretaña, EE.UU. y otros países capitalistas se caracterizaron por ser proteccionistas!) y ambientalistas en el siglo XXI (¡cuando el premio Nobel de la Paz ha sido otorgado, por sus méritos ambientales, al IPCC y a Al Gore, difícilmente catalogables de anticapitalistas!).

Lo grande es hermoso: la hacienda, nuevo paradigma de desarrollo
Según el presidente García, las tierras de las comunidades son «tierras ociosas porque el dueño no tiene formación ni recursos económicos; por tanto, su propiedad es aparente. Esa misma tierra, vendida en grandes lotes, traería tecnología...». El presidente debería aclarar si los derechos de propiedad de los que «no tienen formación ni recursos económicos» (que califica de «aparentes») son de categoría inferior a los derechos de propiedad de los grandes inversionistas que traen tecnología. Ese es, en el fondo, el sustento de los dos proyectos de ley que mencionamos párrafos más arriba.

La idea de «vender la tierra en grandes lotes, lo que trae tecnología », como solución a la puesta en valor de los recursos naturales, la extiende el presidente a las explotaciones mineras, petroleras, pesqueras y madereras. Su concepción de organización de la economía es, finalmente, la de una multiplicación de haciendas modernas: grandes latifundios (para la agricultura, para la minería, para la pesca, para la explotación maderera y gasífera), de propiedad de grandes inversionistas, por un lado, y miles de campesinos, nativos y pescadores, convertidos en obreros (probablemente mal pagados y mal tratados, dada la escasa capacidad y/o voluntad del gobierno de mejorar las relaciones laborales). Nada más contradictorio a la construcción de una sociedad equitativa, ambientalmente sostenible, con muchos actores, instituciones fuertes, mercados locales dinámicos y un Estado activo y, al mismo tiempo, descentralizado.

El Perú no puede desarrollarse en el siglo XXI con visiones propias del siglo XIX.

miércoles, 7 de noviembre de 2007

Tendencias de transferencia y concentración de la propiedad de la tierra


Artículo publicado en la edición 88 de LA REVISTA AGRARIA (Octubre 2007)


La propiedad de la tierra en el Perú se está concentrando nuevamente, después de tres décadas de la reforma agraria. 
La concentración de la propiedad de la tierra es un tema política y socialmente sensible. Recordemos que una de las razones por las que las reformas agrarias de la década de 1960 aparecían como legitimadas ante la sociedad y los gobiernos fue que había una gran concentración de la propiedad de la tierra, y que ello generaba grandes tensiones sociales. [1] Los gobiernos latinoamericanos, instados por el gobierno de los Estados Unidos, acordaron hacer reformas agrarias tanto para evitar situaciones como la revolución cubana de 1959, como para eliminar obstáculos a los procesos de modernización social y económica. 
El gobierno de derechas de Manuel Prado se adelantó, nombrando una Comisión de la Reforma Agraria y de la Vivienda en 1957, integrada en parte por hacendados relativamente modernos. Una de las recomendaciones del informe, presentado en 1960, fue la de establecer límites – 250 hectáreas – a los tamaños de la propiedad rural. Casi una década después, la ley de reforma agraria del gobierno de Velasco de 1969 fijó los límites a 150 hectáreas de tierras agrícolas. Pero desde 1980 se inició un proceso de liberalización de la propiedad de la tierra que culminó en 1995 con la llamada Ley de Tierras [2], que eliminó todo límite a los tamaños de los predios. [3] Un año antes, 1994, se realizó el último censo nacional agropecuario, que reveló que el 92 por ciento de las 1.74 millones de predios eran menores de 20 hectáreas, y que tres de cada cuatro hectáreas de cultivo bajo riego y una de cada tres de secano están en predios menores de 20 ha.
En los últimos doce años han ocurrido cambios muy importantes, cuyos alcances aún no se conocen con precisión pues no se ha actualizado el censo agropecuario ni se han hecho estudios sobre los procesos de concen­tración. 
Son varios – aquí estamos considerando seis – los procesos que están contribuyendo al proceso de transferencia y concen­tra­ción de la tierra. 
La ampliación de la frontera agrícola en la costa . La modificación de la política de ac­ceso a las nuevas tierras irrigadas ha permitido la formación de modernas empresas agrarias de gran extensión, particularmente en la costa norte (Piura, Lambayeque, La Libertad). La frontera agrícola ganada en el pasado gracias a grandes inversiones públi­cas era entregada, bajo varias modalidades de pago, a pequeños y medianos agricul­to­res. Pero al menos desde la década de 1990, las nuevas tierras irrigadas son puestas a la venta en condiciones tales que sólo pueden ser adquiridas por grandes inversionistas para formar latifundios moder­nos. Así, en 1997 se subastaron, en la Primera Etapa del Proyecto Especial Chavimochic (que incluye el valle Virú), 12751 hectáreas en 76 lotes, en cuatro sectores; en tres de ellos el tamaño promedio de cada lote varió entre 671 y 786 hectáreas, y en el cuarto, 65 ha. En algunos casos, como la empresa Camposol, en el valle de Virú, la extensión supera las dos mil hectáreas. Danper Trujillo posee 1600 hectáreas, la mayor parte de ellas también en Virú. En contraste, en la década de 1980, por ejemplo, las tierras gana­das por la irrigación de Majes, en el departamento de Arequipa, fueron distribuidas en lotes de 5 hectáreas. El criterio de subastar lotes de gran tamaño, al que sólo pueden acceder grandes inversionistas, sigue primando en la actualidad. 
La frontera agrícola en la selva no sólo es abierta por colonos provenientes de la sierra, sino también por grandes adquisiciones de tierras a precios muy bajos. El caso más conspicuo es probablemente Palma del Espino, del grupo Romero, en la zona de Toca­che. En 2004 tenía sembradas 7500 hectáreas de palma aceitera, y actualmente bordea las 10 mil ha. En los cuatro años siguientes seguirá expandiéndose a razón de 1,500 hectáreas anuales.
La concentración vía el mercado de tierras. Puede distinguirse diferentes situaciones: la compra de tierras de pequeños agricultores por empresas agroexportadoras (los mismos departamentos mencionados más arriba, más Ica); el arrendamiento de tierras por las mismas empresas; la adquisición de grandes empresas agrarias por otras empresas agra­rias, notablemente el caso de los complejos agroindustriales azucareros (grupo Gloria en el departamento de La Libertad). Como ejemplo: la empresa Agrokasa posee actual­mente más de 2.6 mil hectáreas. El grupo Romero posee alrededor de 500 hectáreas en lo que alguna vez fue la Cooperativa Agraria Huando, en el valle de Huaral. Según el último censo de productores de espárragos, hay 47 empresas que, en promedio, dedican 280 hectáreas a es cultivo. Como no todas son monoproductoras, la extensión total de muchas de ellas supera largamente ese promedio. La mayoría se encuentran en los valles de los departamentos de La Libertad e Ica. ¿Cuánto hay de capital extranjero en este proceso? Las inversiones extranjeras directas en agricultura – no necesariamente todo en compra de tierras – se sextuplicaron entre 1997 ( 7.7 millones de US$) y el año 2000 (44 millones de US$), cifra ésta que se ha mantenido hasta la actualidad. [4]
La conversión de las cooperativas agrarias azucareras en empresas privadas . Lo notable aquí es la transferencia de la propiedad de los complejos agroindustriales azucareros de las cooperativas de producción – cuyos socios eran los propios trabajadores – a inversionistas particulares. Suman más de 50 mil hectáreas, sobre todo en la costa norte. Son los más grandes terratenientes del país. Mención especial es el grupo Rodríguez Banda, dueños de Gloria y desde hace poco de los com­plejos Cartavio y Casagrande, que suman más de 30 mil hectáreas en un solo valle, Chicama, en el departamento de La Libertad. 
Denuncios y concesiones. Los denuncios y concesiones mineras se extienden particular­mente sobre tierras de comunidades campesinas en casi todos los depar­tamentos andi­nos. Sus derechos como propietarias comienzan a ser cuestiona­dos en la práctica por las empre­sas mineras aún antes de la fase de exploración, a través de distintos tipos de pre­sión, económicas y extraeconómicas, para acceder a las tierras. En la fase de explo­tación los comuneros no sólo pierden sus derechos, sino que las tierras pierden su vocación agraria. Según el Instituto Nacional de Concesiones y Catastro Minero, a la fecha los derechos mineros se extienden sobre más de 14 millones de hectáreas.
 
Los denuncios y concesiones de otras industrias extractivas (petroleras, gasíferas,) en la cuenca amazónica, por su lado, se extienden actualmente sobre miles de hectáreas. En cuanto a las concesiones forestales entregadas, suman 7.5 millones de hectáreas, aproximadamente el 10 por ciento de la superficie total de la selva baja y alta. [5]
 
La producción de biocombustibles. Los estímulos a la pro­duc­ción de biocombustibles (menores precios que los combustibles fósiles, expectativas de exenciones tributarias, subsidios, etc.) están incentivando la formación de grandes planta­ciones princi­palmente de caña de azúcar y palma aceitera. Los complejos azucareros, entre ellos el grupo Gloria y , del que hemos hecho ya mención, dedicarán parte de la producción de caña a la fabricación de etanol. La empresa norteamericana Maple, por su lado, ha adquirido más de 10 mil hectáreas en el valle de Chira para la producción de caña de azúcar para etano, generando desde ya presión sobre la disponibilidad del agua. En el mismo departamento, el grupo Romero dedicará al mismo fin por lo menos 3.5 miles de hectáreas. En la selva, el grupo Romero prevé la expansión del área dedicada a la palma para la producción de biodiesel. El hechizo de los biocombustibles también parece querer apoderarse del programa Sierra Expor­tadora. Su presidente anuncia que se dedicarán 200 mil hectáreas a la canola, para biodiesel. Pero en este caso parece ser más bien un deseo irrealizable. 
Turismo. Aunque en escalas menores, también en algunas zonas de gran atractivo turís­tico las tierras agrícolas adquieren un alto valor para ser destinadas a otros usos, pero con fre­cuencia implicando la pérdida de control por los campesinos y agricul­tores. Es el caso del Valle Sagrado (Urubamba), en el departamento del Cuzco, que paulatinamente se está convirtiendo en un emporio turístico con inversiones en ho­teles, albergues, res­taurantes, casas de campo, etc. [6]
Tendencias
Nada indica que estas tendencias revertirán. Antes bien, algunas de ellas están siendo francamente impulsadas por el gobierno [7], otras seguirán el impulso que ha adquirido la agricultura de exportación. Estas desigualdades crecientes en la distribución de la tierra, (que no debe confundirse con un regreso a la situación previa a la reforma agraria, pues el contexto histórico es completamente diferente) deben llamar a preocupación, pues tienden a profundizar las ya notables desigualdades sociales y económicas existentes en el país. 





 
[1] El censo agropecuario realizado en 1961 indicaba que el 54% de las tierras estaba en manos del 1,2% de las explotaciones agropecuarias, y que tan sólo el 4,3% era controlada por el 84% de las explotaciones.
[2] Ley 26505, "Ley de inversión privada en el desarrollo de las actividades económicas en las tierras del territorio nacional y de las comunidades campesinas y nativas", promulgada el 14 de julio.
[3] Sobre la evolución de la legislación que estimuló estos cambios, ver Fernando Eguren, "Las políticas agra­rias en la última década: una evaluación". En F. Eguren, M. Remy y P. Oliart, (editores), Perú: el problema agrario en debate. SEPIA X. Sepia/Oxfam, Lima, 2004. También en la Web en www.sepia.org.pe.
[5] Antonio Brack Egg, "Opinión sobre el proyecto de ley Otorgamiento de tierras de dominio del estado en la amazonia peruana para fines agropecuarios y agroindustriales ". Lima, 15 de enero del 2007
[6] Aunque no necesariamente se refieran a tierras agrícolas, es expresión de la notable transferencia de los derechos sobre la tierra en proceso en el país la rápida privatización de muchas playas de la costa –algunas de ellas de comunidades campesinas-, tanto en el sur chico como en los departamentos norteños de Piura y Tumbes.
[7] Como ejemplos están las propuestas del Ejecutivo de recortar casi 210 mil hectáreas del Parque Nacional Bahuaja Sonene para extracción petrolera, de declarar de interés público 20 grandes proyectos de extracción; también, el mantenimiento de los criterios de asignación de nuevas tierras irrigadas a inversionistas grandes y la promoción de la producción de agrocombustibles.




 

miércoles, 26 de septiembre de 2007

¿Hay desigualdad porque hay pobreza, o pobreza porque hay desigualdad?

Por Fernando Eguren (Presidente de CEPES)

Con relación a los estudios oficiales sobre pobreza, puede parecer ingenuo pero creo que vale la pena preguntar lo básico ¿cuál es su relevancia real? Planteo esta pregunta sin implicar con ello que ellos no tienen relevancia, pero ¿Para qué son útiles? ¿Por qué son importantes? ¿Qué revelan? ¿Qué no revelan? ¿Y qué es lo que uno puede hacer con estos estudios?

La pobreza es un concepto multidi­mensio­nal y complejo y que implica, como diría el PNUD, “llevar una vida larga y saludable”, “tener acceso a la educación”, “disfrutar de un nivel de vida confortable”, además de otros componentes de esa vida digna: la libertad política, el respeto de los derechos humanos, la seguridad personal, el acceso a trabajo productivo y bien remu­nerado, y la participación en la vida comunitaria. La pobreza, por tanto, es la ausencia de condiciones para llevar una vida digna.

La definición más convencional de pobreza, que la identifica con ‘bajos niveles de gasto’ banaliza este grave problema social. Esta simplificación conceptual puede ser útil para que los gobiernos muestren éxitos en la esfera de ‘los gastos’, lo cual no es difícil de lograr con programas redistributivos. Incremen­tar los gastos no es necesariamente encaminarse a la superación de la pobreza, si consideramos la dimensión multidimensional de la misma.

Es claro que hay una conexión entre pobreza, desigualdad y calidad de vida. Por lo general la condición de pobreza es un resultado de desigualdad y no a la inversa. No es que la diferencia en los ingresos crea las desigualdades; es porque hay desigualdades que hay diferencias en los ingresos.

Mi pregunta es, entonces, por qué los estudios oficiales sobre la pobreza no incluyen el tema de la desigualdad. Deberían hacerlo, pues la conexión es obvia. Quizá porque es obvia, precisamente, no se analizan juntas…

Que interesante sería, por ejemplo, hacer una investigación en la cual las encuestas también incluyan a los que no son pobres, a los que tienen más de 2 dólares, diarios, y así tener información actualizada sobre los diferentes estratos de ingresos. Que se incluya en las encuestas también a los de ingresos medios y a los de ingresos altos, lo que permitiría establecer algún tipo de correlaciones entre la evolución de la pobreza y la evolución de la riqueza. ¿Cómo evolucionan los más ricos y los más pobres? ¿Cuál es la correlación de esta evolución, y cuán significativa es? ¿Cuál es la explicación de esta correlación?

¡Claro! Uno puede decir: “es mejor conocer cuántos pobres hay, cómo son, cuáles son sus características, dónde están” para, por ejemplo, tener políticas de alivio a la pobreza más foca­lizadas, más eficientes. Pero, salvo en casos de emergencia o temporales, esto tiene sentido si es que las políticas y las tendencias de la economía se orientan al mantenimiento y la profundi­zación de la desigualdad. Como la pobreza en el Perú no es temporal sino permanente, entonces sí es necesario focalizar con precisión cuántos pobres hay y dónde están.

¿Hay bonanza? Efectivamente, la torta crece. Los pobres pueden estar en mejor situación y, sin embargo, al mismo tiempo, estar en una sociedad más desigual. Entonces, si tenemos políticas que acentúan las desigual­dades, puede darse el caso de que hay alivio de la pobreza y simultáneamente profundización de la desigualdad. Estas políticas existen. Desde la década de 1990 las nuevas tierras ganadas gra­cias a obras de irrigación financia­das por recur­sos públicos, son vendidas en con­diciones tales que sólo grandes inversionistas pueden acceder a ellas. Esto profundizará las desigualdades en el medio rural. Otra muestra: las empresas mineras van subordinando y desplazando a la población rural en un proceso que podemos estar viendo nosotros también, en algunos valles de la costa, por el acaparamiento de tierras para la expan­sión de las áreas agrícolas para la exportación o para la producción, en un futuro cercano, de insumo para biocombustibles.

Hay procesos en marcha, pues, que tienden al ahondamiento de la desigualdad y, por ende, de la pobreza. Es por esto que suena como un juego perverso el que, mientras está ocurriendo eso, los estudios sobre la pobreza se vuelven más técnicamente exquisitos, y estén dirigidos a localizar donde está los pobres para compen­sar­los. Hay una frase de Guillermo Nugent que dice, “la redistribución confirma la normalidad de la desigualdad”. Y esto en el Perú ya se vuelve normal.

Hay, pues, una serie de problemas de fondo en esto de la desigualdad, que debieran incorporarse en un debate, en una discusión de cómo enfrentar la situación de pobreza.

martes, 7 de agosto de 2007

EL MINISTRO BENAVIDES EN LA PLAZA DE ACHO: NOS MERECEMOS MEJORES PROPUESTAS

Por Fernando Eguren (Presidente de CEPES)

Días después del discurso del presidente García el 28 de julio, en el que estableció algunas metas ambiciosas económicas y sociales para el 2011 – año en el que culmina su mandato – el ministro de Agricultura, Ismael Benavides, hizo lo propio en la Plaza de Acho. Los medios de comunicación han informado sobre algunas de las características de la convocatoria: funcionarios públicos del sector agrario fueron conducidos en autobuses para llenar los tendidos, faena sin orejas ni rabo, pifeadera del respetable.

Perú: país líder en producción agrícola

Posiblemente contagiado por el desbordante optimismo presidencial, el ministro Benavides prome­tió que en el 2015 el Perú llegaría a ser el país líder en producción agrícola en la costa del Pacífico de América del Sur. Que el PBI agrario alcanzaría los 12 mil millones de dólares (aparentemente la confianza en los nuevos soles todavía no da como para hacer proyec­ciones de mediano plazo en nuestra moneda); que en el 2011 las exportaciones agrarias al­canzarían los US$4500 millones (US$2100 en el 2006); que se crearían 400 mil nuevos em­pleos directos y 200 mil indirectos; que la pobreza rural disminuiría en 35%.

Piña. Resulta que Álvaro Rojas, el homólogo chileno de Benavides, estima que este año Chile estará exportando productos agrícolas por un valor de US$ 10 mil millones, más del doble que lo proyectado por nuestro ministro para dentro de cuatro años. Basta este dato para cuestionar la meta de ser líderes en producción agrícola el 2015.

Por otro lado, con lo dinámica que es la agricultura chilena, entre 1987 y 1996 la pobreza rural disminuyó tan solo en un 23%. ¿En qué se basa Benavides para afirmar que en el Perú la reducción de la pobreza rural será mucho mayor en mucho menor tiempo?

Otra meta adelantada por el ministro fue que el crecimiento promedio anual del sector agrario será del 7% hasta el 2011. Meta sin sustento, pues según información del propio ministerio de Agricultura, la variación anual de la producción agropecuaria desde el 2003 fue, año a año, 1.9%, 1.7%, 4.8.%, 7.2%, y la proyección para el 2007 es de 4.5%. Además, es muy osado adelantar tasas de crecimiento de un sector productivo que es muy dependiente de las variaciones del clima, más todavía si los cambios climáticos mundiales lo hacen aun menos predecible.

El problema del agua

Acierta el ministro en levantar el problema del agua y en mencionar que es necesario el manejo y conservación de las cuencas hidrográficas. Pero no necesariamente acierta en sus prioridades. Ofrece 200 mil nuevas hectáreas irrigadas en la costa y en la sierra; 30 mil nuevas hectáreas irrigadas por goteo en la sierra; 100 mil hectáreas recuperadas en la costa y sierra. Pero no menciona el gravísimo problema de la contaminación del agua por relaves mineros, deshechos industriales y urbanos, que afecta un alto número de ríos y lagos del país, siendo el caso más escandaloso el del río Mantaro. Tampoco menciona la necesidad de reducir las áreas de cultivos que hacen un uso intensivo del agua y que contribuyen a la salinización (y pérdida de fertilidad, por tanto) de los suelos, sobre todo en la costa. Antes bien, se está promoviendo la ampliación de las áreas de caña de azúcar para la fabricación de etanol. Si no hay medidas radicales contra la contaminación de las aguas, la salinización de los suelos y la deforestación, no tiene sentido recuperar 100 mil hectáreas[1], pues se seguirán deteriorando nuevas áreas.

Mercados

Con relación al ‘acceso a mercados’, otro de los pilares fundamentales – así los llama el ministro - de la política agraria de este gobierno, reitera el apoyo a las agroexportaciones pero no hace más mención al TLC con Estados Unidos que la necesidad “diseñar un siste­ma equitativo de compensaciones que lleguen a los más pobres cuando más lo necesiten”.

Sobre crédito agrario, ya el ministro Benavides había rechazado la ley aprobada por el Con­greso de que AgroBanco opere como banca de primer piso, sin ofrecer ninguna alternativa a la medida de las necesidades de financiamiento que tienen los agricultores pequeños. Pro­me­te lanzar el seguro agrario ‘en el primer trimestre del 2008”, lo cual es ya un ofrecimien­to ritual de todo nuevo ministro del ramo.

Ofrece desarrollar un sistema de información ‘con capacidad de llegar a ocho millones de peruanos’ mediante un Sistema de Información Agrario utilizando canal 7 y Radio Nacional. Si lo hace, enhorabuena, aunque podría aquí sí ser más ambicioso, dada las experiencias en sistemas de información en curso a nivel piloto usando las modernas tecnologías de información y comunicación – entre otras la interesante experiencia que desarrollo CEPES con la Junta de Usuarios del valle Chancay Huaral – y la difusión de las conexiones a Internet en muchas áreas rurales.

Propone profundizar la investigación agraria ‘para lograr mayores rendimientos de los principales productos”, mencionando dos cultivos costeños, maíz y algodón, pero sin precisar cuáles son los criterios para definir aquellos que son principales de los que no lo son (pueden ser los que ocupan más área, o los que más se exportan, o los que producen la mayor parte de campesinos…) ni los recursos que se destinarán.

La oferta de un “fondo de desarrollo productivo rural” de más de US$ 1000 millones para la sierra llamó la atención; luego el ministro aclaró que sería un fondo integrado de programas ya en curso, como Foncodes.

Programa Sierra Exportadora

Ya el ministro Benavides había expresado en otra ocasión su disconformidad con este Programa dirigido por el ingeniero Gastón Benza quien, a lo largo de su corta conducción, ha mostrado su poco conocimiento de las complejidades físicas, económicas y sociales de esa región. Ni el presidente García – supuestamente el creador e ideólogo de este Programa – ni el ministro Benavides se dignaron hacer mención alguna. Signo de que o Benza cae, o todo el Programa cae.

Nos merecemos propuestas mejores
Existen experiencias y conocimientos acumulados, tanto en la administración pública como fuera de ella, que podrían sustentar opciones estratégicas y las políticas correspondientes mucho más adecuadas a las realidades y necesidades de un país muy complejo pero al mismo tiempo con muchas potencialidades. Metas más realistas pero mejor fundamentadas pueden ser menos llamativas y espectaculares. No es una buena demostración de capacidad de gobierno el lanzar metas que probablemente satisfacen el ego de gobernantes de turno, pero que no reflejan necesariamente verdaderas prioridades o que no son alcanzables.

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[1] A fines de la década de 1970, la Oficina Nacional de Evaluación de los Recursos Naturales, ONERN, esti­maba que dos de cada cinco hectáreas de tierras de cultivo en la costa, unas 300 mil hectáreas, estaban salini­zadas, y la mitad de ellas seriamente. La ONERN fue liquidada durante el gobierno de Fujimori, y desde en­tonces no hay una entidad pública que haga un seguimiento sistemático de la situación de nuestros recursos naturales.

martes, 19 de junio de 2007

Bertha Consiglieri, colega, amiga, ha muerto


Desde una pequeña habitación en las afueras de Bruselas recuerdo a mi amiga Bertha. Hace unas horas mi esposa, su amiga de siempre, me dio la mala noticia por teléfono. Fue una sorpresa cómo no. Una tristísima sorpresa. Pero al mismo tiempo quizá debería haber recelado algo: mirando hacia atrás, la salud de Bertha no parecía estar bien desde hace algún tiempo.

Con Bertha nos conocíamos desde hace más de tres décadas, como militante de las mismas causas. Ni por un momento dejó de creer en lo que creía desde que era una periodista joven, haciendo la crónica del movimiento campesino en los años setenta en revistas notables de la izquierda como no las habría más. Naturalmente entró a trabajar en CEPES desde inicios de los ochenta, para no dejarnos más.

Durante esos largos años, y hasta el último día de su vida, escribió cientos, miles de páginas sobre los acontecimientos agrarios y rurales, leal siempre a sus creencias y compromisos de juventud: el derecho de los campesinos a la dignidad, el respeto a sus derechos ciudadanos, el derecho a una buena calidad de vida. Mas allá de lo rural, espacio que siempre estuvo al centro de su interés, aspiraba a un Perú realmente democrático. Más aún: en el último documento institucional del CEPES, Bertha introdujo una modificación en nuestra Misión: no basta con orientarnos hacia un desarrollo democrático del país, sostenía, sino apuntar a un mundo justo y equitativo.

Bertha deja una ausencia en el mundo de mis afectos y de todos los colegas del CEPES. Pero también deja un gran vacío como trabajadora en una institución especializada en la cuestión agraria y rural: era la que más sabía. Era su manera de estar más cerca de aquellos con los que siempre se identificó: los campesinos. (Fernando Eguren)




 Video homenaje a Bertha


martes, 5 de junio de 2007

ES URGENTE UN NUEVO CENSO AGROPECUARIO

Por Fernando Eguren (presidente de CEPES)

El Ministerio de Agricultura ha puesto a consideración del público una propuesta preliminar de Política de Estado para el Desarrollo de la Agricultura y la Vida Rural 2007 – 2021, que se puede encontrar en su página web. Es una oportunidad para que la ciudadanía exprese sus puntos de vista sobre lo que pretende ser la base de una importante política de Estado.

Una política de Estado debe proponer ob­je­tivos de largo plazo y los pasos para alcan­zarlos. Para ello debe haber un conoci­miento de la materia sobre la cual se define dicha política. En este caso, el agro y los espacios rurales. El conocimiento, a su vez, requiere de información veraz y razonable­mente completa y actualizada. En el caso del agro, la más completa información data de 1994, año en el que se realizó el último censo agropecuario. En la última década el ‘clima’ neoliberal y la dación de la ley de tierras en 1995 deben haber contribuido a cambios importantes en el mundo rural, cu­ya magnitud no conocemos con precisión. Es urgente hacer un nuevo censo agrope­cuario.

¿La estructura de propiedad de la tierra en el Perú está nuevamente polarizán­dose?
Así, no sabemos cuántas unidades agrope­cuarias existen actualmente en el país: si son más o menos las casi 1.750 miles existentes en el año censal. ¿Cuales han sido los cambios regionales?

Tampoco sabemos cuál es la estructura de propiedad de la tierra hoy día. Desde 1994 han surgido varias decenas, si no cen­tenares, de explotaciones agropecuarias que, en la costa, superan las 150 hectáreas (que era el límite máximo permitido por la ley de reforma agraria de 1969 para pre­dios de propiedad individual; las coope­ra­tivas no tenían límite de tamaño). Hoy exis­ten en esta región verdaderos latifundios, propiedades privadas de más de mil hectá­reas de extensión (es el caso de las ex-cooperativas azucareras, y también de algunas empresas agrarias con cultivos para exportación).

Mucho se habla de que el minifundio es un gran problema. Pero no sabemos cuál es la situación actual en comparación a hace trece años, si hay una tendencia creciente hacia la atomización de la tenencia, y en qué zonas estaría ocurriendo esto.

Diversificación económica de los espacios rurales
Es necesario conocer cómo se han diver­si­ficado los ingresos de los agriculto­res, so­bre todo de los pequeños. Ya en 1994 se constataba la significativa dependencia de los pequeños agricultores y minifundistas de los ingresos extra prediales, tanto agra­rios como no agrarios. Si estos ingresos extra prediales son hoy más importantes que antes (lo cual es muy posible), enton­ces las estrategias para mejorar la situa­ción económica de los pequeños produc­tores no pasarían solamente –y en muchas ocasiones ni siquiera principalmente- por mejorar sus condiciones de producción agrarias, sino por estimular la diversifica­ción de la economía rural (y del mercado laboral) y densificar las relaciones entre los espacios rurales y los urbanos. El papel económico promotor de los gobiernos regionales y de los municipios es en este sentido de gran importancia.

Condiciones para la competitividad

Un nuevo censo también daría valiosa información sobre las bases necesarias para desarrollar una agricultura compe­titiva. Según el censo de 1994, cerca del 60 porciento de los conductores de parcelas o no habían recibido ninguna educación formal o no habían culminado la educación primaria (que, por lo demás, en las áreas rurales es de muy baja calidad). Por otro lado, los niveles tecnológicos eran deplorables: en 1994 el 31 porciento de los productores sólo utili­zaban energía humana, con producti­vida­des sumamente bajas. ¿La situación ha mejorado o ha empeorado? Respuestas a estas preguntas serían muy valiosas para sustentar políticas tanto educativas como tecnológicas. Si la situación permanece co­mo en el pasado y no se definen políticas para superarla, las perspectivas de una agricultura competitiva quedarán restrin­gidas a algunas pocas áreas, regiones y productores del país, ahondándose las ya notables diferencias sociales y económicas.

jueves, 10 de mayo de 2007

Las Naciones Unidas escépticas frente a los biocombustibles

Hace pocos días las Naciones Unidas hicieron público su primer informe sobre los biocombustibles. Un consorcio de 20 agencias y programas de las NNUU concluye, en síntesis, que si bien el etanol –uno de los biocombustibles- puede ayudar a reducir el calentamiento global y crear empleos para los pobres rurales, estos beneficios pueden ser neutralizados por problemas ambientales serios y una elevación de los precios de los alimentos para las poblaciones hambrientas.(http://www.nytimes.com/aponline/world/AP-Biofuels.html?_r=1&oref=slogin)
 
Esta organización se suma así a una importante ola de escepticismo que reacciona frente al entusiasmo de gobiernos y grandes inversionistas que, desde hace algún tiempo, promueven el consumo de biocombustibles en nombre de la protección ambiental y de dar oportunidades a la población rural deprimida. Los líderes europeos se han puesto como meta que para el año 2020 el 10 porciento de los combustibles serán de origen biológico. El presidente Bush también ha elevado la meta de consumo de biocombustibles en los EEUU para los próximos años. Como quiera que estos grandes consumidores de energía no tienen las tierras suficientes para los cultivos necesarios para producirlos, requieren que países pobres como el Perú pongan a disposición sus propias tierras para estos fines.

Pero el informe de NNUU advierte que la “moda de los biocombustibles” – como la denomina el organismo mundial – puede hacer tanto daño al medio ambiente como los combustibles fósiles. Otro riesgo es que el rápido crecimiento de la producción de biocombustibles incrementará sustancialmente la demanda de tierras fértiles y de agua en el mundo, en un momento en que ha aumentado también la demanda por alimentos y productos forestales. Se suma a ello el que la expansión de monocultivos a gran escala puede conducir a la pérdida significativa de biodiversidad, a la erosión de los suelos y a la pérdida de nutrientes. Hemos advertido sobre estos riesgos en otras notas (ver La Revista Agraria del mes de marzo).

La velocidad con la que en el Perú - y otros países de América Latina- se está introduciendo la “moda de biocombustibles”, por grandes inversionistas apoyados por el gobierno no ha dejado el tiempo para que se sopesen los pros y contras de la expansión de los sembríos de caña de azúcar, de palma aceitera y otros cultivos que son sus insumos principales. Es un deber del Estado informar objetivamente – no hacer propaganda – a la población sobre las ventajas y desventajas de esta agresiva campaña, y una responsabilidad de la sociedad civil de informarse y expresar una opinión sobre un proceso que puede tener consecuencias sociales y ambientales negativas que es preciso prevenir. 

jueves, 19 de abril de 2007

Las vacas lecheras y el biocombustible


Hace pocos días los ganaderos lecheros de varias cuencas se movilizaron en protesta por los bajos precios que pagan por litro de leche las grandes empresas procesadoras, a las que acusaron de concertar precios entre sí (lo cual está prohibido). El problema es grave pues sus costos de producción han aumentado, en parte porque el precio del maíz – componente esencial de la alimentación del ganado – se ha incrementado en un 30%.

¿Qué tiene que hacer esto con los biocombustibles? Pues que los Estados Unidos, que producen el 40% del maíz del mundo y representa la mitad de la exportación mundial de este producto, está dedicando volúmenes crecientes a la producción de etanol. Se estima que dentro de algunos años la mitad de la producción de maíz norteamericano será trasformada en etanol. Y como más agricultores de ese país se están orientando al maíz y concentrando más tierra con ese fin, también está aumentando el precio de otros cultivos y de los productos ganaderos. Algunas proyecciones del incremento de precios hacia el año 2020 producido por el incremento de biocombustibles: 41% el maíz, 76% de oleaginosas, 30% del trigo.135% de la yuca.

Este es el tema de un reciente artículo de la influyente revista Foreign Affairs[1], de donde hemos extraído la información de esta nota. Los autores afirman que lo que puede ser una bendición para los productores de maíz, puede ser un castigo para la población pobre. “Llenar el tanque con 25 galones de un vehículo 4x4 con etanol puro requiere más de 200 kilos de maíz –que contienen suficientes calorías como para alimentar a una persona por un año.” El presidente Bush ha puesto la meta de consumo de etanol para el año 2017 en 35 mil millones de galones. ¡Suficiente para abastecer en calorías a cerca de 78 millones de personas por un año! Para supuestamente aliviar la presión sobre el medio ambiente reemplazando combustibles ‘sucios’ por combustibles ‘limpios’, se están desforestando en el sudeste asiático vastas áreas para sembrar palma aceitera para su conversión en biodiesel.

“La manía del biocombustible”: así califica FA lo que está sucediendo en Estados Uni­dos, y que comienza también a suceder aquí. En el Perú han subido las acciones de las empresas azucareras; se han adjudicado inmensas áreas en la costa norte para la producción de caña de azúcar para etanol; se está construyendo una planta de biodiesel en el Callao que será abasteci­da por aceite de palma de nuestra selva; se propone liberar la producción de biocombustibles del impuesto selectivo al consumo (la comisión de Economía del Congreso ya lo aprobó). Lo que sucede en EEUU está comenzando a suceder en el Perú: “…la industria de los biocombustibles ha sido dominada no por las fuerzas del mercado sino por políticas e intereses de un pequeño número de grandes empresas”.

Los efectos de la difusión y producción de biocombustibles son tan importantes que merecen un debate público, que es transversal a tres ámbitos de políticas sobre las que no hay casi discusión: la política nacional de energía, la de seguridad alimentaria, y la política medioambiental.


[1] C. Ford Runge y Benjamin Senauer, “How Biofuels Could Starve the Poor” (Cómo podrían los biocombustibles hambrear a los pobres) Foreign Affairs, mayo/junio 2007. http://www.foreignaffairs.org/

martes, 17 de abril de 2007

El minifundio según el presidente García

El presidente García ha declarado en Chiclayo que el minifundismo “es totalmente impro­ductivo y una tragedia para el país”, que la rentabilidad de la agricultura se consolida cuando el productor tiene un mínimo de 20 hectáreas…”.[1]

Resulta que en el Perú, según el censo agropecuario de 1994, el 92.2% de las explotaciones agropecuarias tienen menos de 20 hectáreas. Si por minifundistas se está refiriendo a la inmensa mayoría de unidades productivas agrarias del Perú, al contrario de lo que dice el presiden­te, sería una tragedia para el país que no existieran, pues proveen el 71.5% del valor bruto de la producción agrícola nacional. Son la base de la seguridad alimentaria del Perú, ya que siete de cada 10 toneladas son producidas por estas pequeñas explotaciones.[2]

El presidente confunde pequeña agricultura comercial con minifundio. La pequeña agricul­tura –llamémosla así, de manera arbitraria, a la que posee entre 5 y 20 hectáreas de tierras bajo riego– puede tener viabilidad económica si hubiese un contexto favorable. Contexto favorable es acceso al crédito, asistencia técnica, carreteras, acceso a bienes públicos (información, comunicación, educación, salud, etc.). En todo esto el Estado, gobernado hoy por el presidente García, tiene una gran responsabilidad que no está asumiendo. Por contraste, la gran agricultura no necesita del apoyo estatal, aunque éste se lo da de distintas maneras (vendiendo tierras irrigadas gracias a la inversión pública a precios inferiores a los costos, montando oficinas promotoras de exportaciones). No todo es culpa del actual gobierno: el gobierno del ex presidente Fujimori desmontó lo poco que había de apoyo estatal a la pequeña agricultura, y los siguientes gobiernos no hicieron nada por ella).

Pero aún sin un contexto favorable la pequeña agricultura ha mostrado su capacidad de pro­gresar. El caso de los cafetaleros – casi todos ellos minifundistas según los criterios del pre­sidente – organizados en cooperativas, asociadas a la Junta del Café, han sabido remontar una grave crisis de precios bajos orientando su producción a café gourmet y orgánico.

El presidente García acertadamente recomendó que se impulse la formación de asociacio­nes de pequeños agricultores para superar algunas de las desventajas de la pequeña escala de producción. Pero aquí también el gobierno tiene un papel que cumplir facilitando, por ejemplo, el acceso a ciertos servicios a los pequeños agricultores que están asociados.

¿Pero qué pasa con los minifundios ‘de verdad’, aquéllos que no llegan ni a una hectárea, que también son centenares de miles, que albergan a los muy pobres? Imagínese el presi­dente García lo que ocurriría si no tuviesen esa hectárea, que mal que bien les permite pro­ducir parte de los alimentos que necesitan para sobrevivir y un espacio para la vivienda. Estas familias minifundistas tienen que dedicarse también a otras actividades económicas para complementar sus ingresos, y por eso parte de sus miembros migran temporal o defi­nitivamente. Este numerosísimo sector de pobres rurales encontrarían grandes beneficios si es que en el Perú estuviese ocurriendo no solo una descentralización político – administra­tiva, sino también un desarrollo económico descentralizado. La multiplicación y diversifi­cación de las actividades económicas rurales y la intensificación de las relaciones entre el campo y las ciudades pequeñas e intermedias abrirían nuevas oportunidades a los minifun­distas quienes, sin necesariamente tener que abandonar sus tierras ‘para formar predios agrícolas viables de 20 o más hectáreas’, accederían a un mercado de trabajo diversificado. Es una estrategia llamada hoy de ‘desarrollo territorial’. También aquí corresponde al gobierno central una tarea de orientación y estímulo.

En la misma oportunidad el presidente García afirmó que debería dejar de cultivarse el arroz, pues no es rentable y consume mucha agua. Pero resulta que se están entregando decenas de miles de tierras para el cultivo de caña de azúcar – cultivo que también es gran consumidor de agua – para la producción de etanol para la exportación por grandes em­pre­sas (¡que están exigiendo exoneraciones tributarias para ser rentables!). ¡Por lo menos el arroz sirve para alimentar a la población y es una fuente de ingresos para miles de pequeños agricultores! Y resulta que el Programa Sierra Exportadora parece más un programa para que los grandes inversionistas se aprovechen de las particularidades ecológicas de esa re­gión que para ayudar a una parte del campesinado (gran parte de ellos minifundistas) a salir de la miseria. De otra manera no puede entenderse las declaraciones del Ing. Benza, presi­dente del Programa, por dedicar 200 mil hectáreas al cultivo de insumos para biodiesel de exportación.

Lo preocupante es que detrás de las palabras del presidente pueda estar la intención de orientar el desarrollo del agro por el lado de la consolidación de la gran empresa agraria dedicada a la exportación, y continuar ignorando las necesidades de las centenares de miles de familias ‘minifundistas’ y el mismo concepto de desarrollo rural.

[1] Ver El Peruano, martes 17 de abril 2007.
[2] Después de trece años, es tiempo que el gobierno haga un nuevo censo agropecuario para actualizar esta información, sin la cual es difícil diseñar y ejecutar políticas de desarrollo rural.